DE INTERÉS
| MANDARON LOS "IBANES" |
| Miércoles, 30 de Mayo de 2012 14:23 |
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MADRID.- Decimoctava de San Isidro Jorge Arturo Díaz Un entipado y encastado encierro de Baltasar Ibán no encontró autoridad y lució más que la terna. Serafín Marín saludó una ovación cariñosa, mientras que Espínola y Pinar fueron silenciados. Lleno dominguero en otra tarde bella que mereció mejor suerte. Ante el simétrico conjunto, que incluyó tres cinqueños, los banderilleros robaron protagonismo con las ejecuciones y la colocación de los palos, recibiendo como si fuera en representación de todos, montera en mano El Chano y Rodríguez, una ovación cerrada tras adornar al cuarto. Por su parte los de la caballería blindada cometieron abusos de poder que minaron la fuerza del encierro atentando contra la integridad del último tercio y en el caso del primero, un toro de gran calidad, abrumándolo. Pese a la rudeza y duración excesiva de las varas, la raza se impuso y tres de los arrastres fueron ovacionados con admiración. El quinto, no bien mandado, se sublevó, y el sexto sin lidia desentonó, pero el hierro de Bastonito refrendó su prestigio en esta su plaza. El mexicano Fermín Spínola, con cuatro verónicas y media y un quite de tres fregolinas y revolera, hizo pensar que tendríamos una reverdecer de la vieja y barroca tauromaquia mexicana, cuya variedad y alegre vistosidad le hubiese venido muy bien a esta feria tan adusta. Sin embargo su muleta, fue todo lo contrario, tristona y lánguida, confundiendo la lentitud con la pachorra se perdió en largos tiempos muertos, el unipase y la enmienda de terrenos. Quizás la foto de cada una de las, aisladas y espaciadas suertes pudiese verse con airosas formas, pero en la tauromaquia de los últimos 99 años, el que no liga no torea. Además, el toro era de una nobleza superlativa. Se llamaba Lastimoso, nombre que a la larga resultó lastimosamente apropiado. Cuando algunos gritos impacientes acosaban, hay que reconocerlo, ejecutó la estocada de la tarde, un volapié modélico, lento y fulminante, que no bastó para borrar el malestar por haber dejado ir el buen toro. Con el cuarto ¡qué bueno! más de lo mismo, palo sin compasión, un desairado quite de Marín, un gran tercio de banderillas, y otra vez, cite amodorrado, trapo y pasos atrás. El toro quería la muleta y no la encontraba, salía y no quedaba en suerte, volvía y no había aguante. La espada desprendida y con aviso cerró en blanco (mejor en gris) la presentación del séptimo mexicano de este San Isidro. Manes de Gaona y Armillita. Qué dirían los maestros. El catalán Serafín Marín cuenta con la solidaridad de toda la afición mundial, pero hay que justificarla más, no solo con detalles. Sus dos toros, tanto el noble segundo como el enrazado y al final áspero quinto se le fueron arriba. Cierto, a ese, al apaleado segundo, le ofició la mejor tanda de la corrida, muy buena, la única relevante, cinco derechas por bajo, sin solución de continuidad, a pie firme, haciendo el compás y rematadas con el de pecho semicircular al hombro contrario. Fue el mejor momento, el único que le hizo honor a la casta de los ibanes. Bueno, y las también cinco manoletinas valerosas, pero no fue más. Pinchazo con desarme, estocada tendida, aviso y descabello para un saludo solidario a la perdida Cataluña. A Rubén Pinar se le fue el tercero, un gran toro, su vocación por el toreo despegado, el uso del pico y el vaciado fuera hizo eclosión hoy. Quiso mostrar la raza del toro y lo citaba de muy largo, se le anota, y este, bravo, se arrancaba veloz al toque, pero él, sin reunión, le daba vía igualmente raudo y distante, lo cual quitaba todo contenido a la ligazón que alcanzó en un par de series iniciales. Los enterados no le tragaron y se pusieron de parte del toro. La estocada recursiva tenía tendencia contraria e hizo sonar un aviso. Con el sexto, el garbanzo de la corrida, después de perder la capa y tomar el olivo, estuvo bregando sin lucidez ni lucimiento hasta la estocada y el silencio sepulcral. Se añoraron hoy muñecas poderosas, pies tranquilos, corazones calientes y cabezas fría. Y el verso del inolvidable Federico flotó silencioso por la plaza: Se acabaron los gitanos que iban por el monte solos ya están sus viejos cuchillos tiritando bajo el polvo. Ficha del festejo: Plaza de toros de Las Ventas. 18ª de San Isidro. Sol en tarde fresca. Lleno. Seis toros de Baltasar Ibán, parejos, en tipo, encastados y de juego diverso, aplaudidos en el arrastre 2º, 3º, y 4º. Serafín Marín, saludos tras aviso y silencio tras aviso. Rubén Pinar, silencio tras aviso y silencio.
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