Otro encierro en Domecq, y los que faltan. Cinco castaños y un negro, finos de astas y un par de ellos con gran calado, pero en general ayunos de fiereza, de codicia, de agresividad, de transmisión, de emoción. Una nobleza boba que ronda la estulticia. Manes de Corrochano que denunció en su momento la tendencia selectiva a esa mansedumbre que parece bravura, y que pone la fiesta en el borde del abismo.
Los montecillos iban como por ir, cuando iban, y los toreros, excepto Fandiño al final, los pasaban como por pasar. Las cuadrillas trabajaban sin empeño, el palco cambió tercio al quinto con un solo minipuyazo, menudeaban los pinchazos, sonaban los avisos, y así se iba la soleada tarde, como río de llanura, sin sobresaltos, sin inflexiones, sin alegría, sin siquiera enojo. Hasta el público se notaba tirado a la silente resignación. Raro aquí ¿No? ¿Será la crisis?